jueves, 26 de mayo de 2011

Reedición de "EL POLVO DEL CAMINO. EL LIBRO MALDITO DEL ROCÍO"

Diez años después de su publicación, la editorial El Páramo me rescata mi libro más polémico, una sarcástica visión sobre la romería. La presentación será el próximo sábado 28 de mayo a las 18 horas en la Casa de la Provincia (Plaza del Triunfo, 1) dentro de la Feria del LIbro de Sevilla.

martes, 17 de mayo de 2011

Nuevo libro: "SEVILLA, UN RETRATO LITERARIO"




En la Feria del Libro de Sevilla presentaré mi nuevo libro, Sevilla, un retrato literario (Paréntesis), una guía literaria y emocional, una propuesta para pasear por la ciudad a través de sus dimensiones invisibles. Los mapas se convierten en una geografía libresca donde las plazas se convierten en inspiración para poetas de todos los tiempos, en los cafés se sirve absenta a bohemios finiseculares y a locos ultraístas, los viejos patios sirven de escenario a tertulias de humanistas, en las azoteas se improvisan soirées de vanguardia y tras las puertas de casas solariegas se intuyen reuniones de barrocos metafísicos, gabinetes de ilustres y escuelas literarias. 
El domingo 22 de mayo a las 19 horas participaré en una mesa redonda sobre Sevilla y la literatura junto a Fernando Iwasaki. Y después firmaré ejemplares del nuevo libro. 
Pocas ciudades han forjado un imaginario tan rico como Sevilla. Sin embargo, su destino no ha sido el de ser una ciudad de patrimonio literario sino un catálogo de tópicos y folklorismos superficiales. Este libro se propone acabar con esa idea injusta e inexacta. Uniendo literatura y topografía –el feliz binomio de la topoliteratura- descubriremos dónde vivían y se reunían Fernando de Herrera El Divino, Baltasar del Alcázar, Mateo Alemán, Blanco White, Bécquer, Cansinos Assens, los hermanos Machado, Cernuda, Vicente Aleixandre y un largo cortejo de escritores sevillanos.
Pero esos itinerarios por el alma literaria no pretenden ser sólo una mirada desde dentro. Sevilla también ha servido de inspiración a escritores que alguna vez la visitaron quizás fascinados por lo que se decía o escribía de ella. En este libro pasearemos con viajeros de todas las épocas, desde Castiglione a Borges pasando por Lord Byron o Rubén Darío, Pierre Louÿs o André Gide, Paul Morand o Marguerite Yourcenar. 

Reseña en El Mundo:
http://www.elmundo.es/elmundo/2011/05/21/andalucia_sevilla/1305990316.html 

sábado, 9 de abril de 2011

EL BESTIARIO DEL ÚLTIMO SURREALISTA: JORGE CAMACHO


                                                   Foto de Carlos Márquez
EVA DÍAZ PÉREZ
UN HOMBRE PASEA bajo los muros de la Catedral, deteniéndose en las portadas, admirando el secreto en piedra de los tímpanos y arquivoltas, fascinado por el juego de figuras en los capiteles. De pronto, se para bajo una gárgola con un animal fantástico semejante a un león furioso o un dragón agonizante. Llueve y caen ríos de las entrañas de la piedra.

Es Jorge Camacho, el pintor cubano, el amigo y albacea de Reinaldo Arenas, el hombre que ayudó a sacar clandestinamente sus manuscritos de La Habana castrista, el artista elogiado por Breton, el amigo de Henri Michaux y Roberto Matta.
Camacho murió la semana pasada en su casa de París donde vivía junto a su esposa Margarita. Pero también tenía un hermoso piso soleado en el centro de Sevilla, donde reinventaba soles surrealistas; la finca Los Pajares en Almonte –en la que admiraba la danza de las aves de Doñana–, y un indeterminado lugar nutrido de nostalgias que olía como su vieja Habana y que guardaba en el fondo más secreto de su gaveta de maderas caribeñas.
Sus estancias en Sevilla solían coincidir con la primavera. Entraba entonces un sol zahareño por el gran ventanal del salón y un sonido de campanas de bronce. Era feliz. La mirada terrosa le brillaba y se atrevía a seguir pintando sus recuerdos.
Jorge Camacho paseaba por las calles sevillanas deteniéndose en curiosas formas que adivinaba en las viejas fachadas de piedra, en la cal hiriente de las casas de Triana y en los caprichosos dibujos del río al caer la tarde.
De esos paseos salió un libro singularísimo que resumía su pasión por el conocimiento alquímico en las catedrales. El libro fue publicado por la Fundación Pol François Lambert en 2001 y se tituló La Cathédrale de Séville et le Bestiaire Hermétique du portail de Saint Christophe et de L’immaculée Conception (La Catedral de Sevilla y el bestiario hermético de la puerta de San Cristóbal y de la Inmaculada Concepción), escrito junto a Bernard Roger y con introducción y noticia histórica de Eduardo Fernández Sánchez
Jorge Camacho era un gran observador de animales. En la finca de Almonte pasaba largas horas entregado al paciente arte de la observación ornitológica. Luego pintaba pájaros abstractos que comían sombra y que traían escondidas en las alas historias septentrionales que a él le gustaba descifrar.
Un día paseando por la Catedral de Sevilla descubrió extraños pájaros de piedra y comenzó a leer las claves simbólicas llevando bajo el brazo un ejemplar del libro de Fulcanelli, El misterio de las catedrales. Descubrió el bestiario alquímico que se ocultaba en el templo siguiendo los pasos de Fulcanelli y su lectura hermética de las catedrales medievales.
Fotografió leones y pelícanos, águilas desafiantes, quimeras inquietantes y animales fantásticos que parecían huir de los capiteles catedralicios. «Hay figuras y una asamblea de animales, salvajes o fantásticos, repartidos por los capiteles y entre las guirnaldas vegetales», anotó en el libro que, desgraciadamente, nunca se publicó en castellano.
Paseaba bajo la Puerta de la Concepción o Puerta Colorada recordando el plano de la antigua mezquita que yace bajo el templo, identificando el patio de las abluciones y dónde se encontraba el mihrab. Observaba cómo se superponía las épocas. Y en el palimpsesto halló el rincón donde se reunía la llamada Congregación de la Granada, probable secta de alumbrados, cuyos fantasmas creyó ver reunidos bajo los naranjos.
Recordó entonces la tumba hallada por el arquitecto Fernández Casanova encargado de restaurar la Catedral en el siglo XIX cuando ultimaba los trabajos de la Puerta de San Cristóbal. Allí estaba la losa funeraria de Salomon ben Abraham, enterrado junto a su libro de medicina, según escribió Rodrigo Caro rescatando la historia de aquella escuela de astrónomos y cabalistas judíos establecida junto al templo. En la lápida había una bella estrella de Salomón que a él le recordó –no sabía por qué– la estrella que André Breton le dijo que él tenía en la frente. Una estrella surrealista que aún alumbraba su memoria.

Publicado en EL MUNDO de Andalucía el 09 dea bril de 2011 

jueves, 17 de marzo de 2011

EL AÑO DE LA MUERTE DE JOSÉ SARAMAGO

EVA DÍAZ PÉREZ
«AQUÍ ACABA el mar y empieza la tierra», comienza El año de la muerte de Ricardo Reis. Memoria de Saramago en Lisboa. Gran fiesta de la vida en Lanzarote. Recuerdos desde Andalucía. Un violonchelo y brindis con vino del Alentejo y malvasía de Lanzarote. Será este viernes a la caída de la tarde cuando se celebre en la casa de Saramago una hermosa ceremonia de despedida porque hace justo nueve meses que murió y ése es el tiempo en que se tarda en desaparecer. También es lo que se tarda en nacer. Así lo escribió en El año de la muerte de Ricardo Reis y es como si hubiera anunciado esta liturgia que tendría lugar meses después de su muerte.
Seguirá vagando este Saramago-no muerto por la casa de Lanzarote, acariciando los lomos de los libros queridos, observando los árboles del jardín, deleitándose con un sorbo de vino del Alentejo o de malvasía, escuchando el violonchelo con el que se abrirá al público su casa y la biblioteca.
Un lugar que ya podríamos reconocer, porque es el escenario del documental Jose y Pilar, de Manuel Gonçalves. Una casa que es como una extensión del mundo leído que reconocemos en sus novelas. El despacho en el que imaginó las parábolas del Ensayo sobre la ceguera,pero también el ventanal en Lisboa donde pensó por primera vez en la Blimunda de Memorial del convento.
Una vez que se ha leído uno de sus libros, Saramago acompaña siempre. Nunca será un difunto ni un olvidado. Recorre las estancias de la casa de Lanzarote. Pilar del Río lo sabe. Saramago nunca terminará de irse, sigue agazapado en los libros que escribió, sorprendiéndonos con su lucidez, salvando con memorables páginas de alta literatura. ¿Y si en esta descreída España se cumpliera el argumento de su Ensayo sobre la lucidez y todo el mundo votara en blanco en las próximas elecciones?
El mundo íntimo de Saramago aguarda en «A Casa», el taller del escritor, un recorrido por las circunvoluciones de su cerebro, un laberinto sosegado de su memoria con pasillos, estancias y aposentos. «Sabio es el que se contenta con el espectáculo del mundo», dice Ricardo Reis en las frases que anteceden a la novela de Saramago. Reis, el heterónimo de Pessoa, se encuentra con un Pessoa difunto. Y ahora, vagando por esta casa de Lanzarote, aparece también Saramago desde el otro lado para contarnos su historia. Porque se ha cumplido el argumento de Las intermitencias de la muerte y la desnarigada ha dejado de cumplir con sus ritos dejando la guadaña oxidada de tiempo y espera. «Aquí, donde el mar se acabó y la tierra espera».

Publicado en EL MUNDO de Andalucía el 17 de marzo de 2011

domingo, 13 de marzo de 2011

LA SEVILLA DE CANSINOS-ASSENS

Reportaje que hemos publicado José María Rondón y yo en EL MUNDO sobre los lugares de la infancia sevillana del autor de "La novela de un literato". 

Bastaría imaginárselo, gigantesco y muy gastado, con su alborotada cabeza encanecida avanzando por un pasillo repleto de libros, atesorando idiomas que le servían para huir de una realidad sádica o dándole vueltas a versos mientras adecentaba una traducción de uno de los clásicos para ganarse la vida. Y, así, entre versos que iba copiando con mano temblona y trabajos literarios mal pagados, seguro que se colaría por la ventana un recuerdo que traía colgado el sol suave de la infancia.

TEXTO COMPLETO:

viernes, 7 de enero de 2011

LA LEY DEL TABACO

HUMO DE ÉPOCA
EVA DÍAZ PÉREZ
LA NIEBLA del tabaco ha pasado a ser un atrezo de época, un elemento vintage de modas pasadas, un detalle de cronotopo que servirá en la literatura y el cine como evocación de escenas antiguas. Y en el teatro aparecerán acotaciones para recrear atmósferas de época: Los personajes entran por el fondo del escenario fumando como se hacía antaño...

El año cero sin humo acaba de inaugurar una nueva época, una frontera higiénica, blanca y aséptica que huye y se espanta de las estancias del pasado, con paredes ahumadas y habitantes con dedos amarillos y nicotínicos. Ah, esos personajes de novelas y cine histórico que son ya los fumadores.

Puede que esta nueva ley los condene, denuncie y lance a patadas a las calles, la soledad y el frío de los balcones. No hay duda de que la mayoría se lo merece por haber impuesto su niebla nociva durante tanto tiempo. Pero puede que esta persecución también los convierta en atractivos personajes novelescos, esos fracasados empeñados en las causas perdidas que tan sugerentes son para los argumentos literarios.

Vagan en esta niebla condenada las escenas que forman ya parte del pasado: Humphrey Bogart con gabardina envuelto en una nube de tabaco negro; una femme fatale con larga boquilla y boca ahumada; las cigarreras de Carmen y Rodrigo de Xerez, que viajó con Colón en la nave capitana y fue el primer europeo en fumar.

No sería mala lectura para estos días la rapsodia irónica y humorística que Cabrera Infante escribió en Puro Humo. Aunque los últimos fumadores pueden repasar un curioso ensayo paródico, Anatomía del tabaco, de Arthur Machen, lleno de apócrifas erudiciones que servirán de tónico salvífico. El protagonista vive en el Londres de 1883 con una dieta de pan seco, té verde y tabaco y muestra que hay «maravillas, secretos, misterios, rarezas y goces incluso en una onza de tabaco de liar» y hasta escuelas filosóficas surgidas en torno a la pipa.

Cada tipo de tabaco marcó una época: fumar un cavendish daba distinción, los egipcios eran los preferidos de la corte austrohúngara, el rapé sevillano –de color amarillo oro– se espolvoreaba en los encajes y el humazo de los cuarterones y los cigarros de picadura llenaron las estancias sórdidas de la posguerra. Atrás quedan las tertulias con cenicero, las habilidades para el tabaco de liar, las curiosas cazoletas de las pipas aristocráticas, las petacas y hasta los coleccionistas de vitolas de puro. Un mundo que desaparece: humo, colillas, ceniza, nada.

Publicado en EL MUNDO de Andalucía el 6 de enero de 2011

martes, 26 de octubre de 2010

TRAVESÍAS ANDALUZAS / ÁNGEL GANIVET



LAS CARTAS FINLANDESAS DEL CÓNSUL

EVA DÍAZ PÉREZ

Desde los balcones de su casa en Helsinki, el granadino Ángel Ganivet veía el bosque de Brunksparken antes de abrirse a un inmenso mar helado. Parecía mirar dentro del paisaje, buscando parecidos que mezclaban su memoria con los caprichos de la nostalgia. «El bosque, aunque está muerto, me recuerda la Alhambra; el mar helado me hace pensar en nuestra Vega», escribió.

Ganivet hace curiosas comparaciones entre los cármenes granadinos y las quintas o villor finlandesas, entre la manteca y los jamones de Trévelez. Tiene la mirada asombrada del hombre meridional que asiste ante el espectáculo fastuoso de los fríos nórdicos.

Ángel Ganivet (Granada, 1865-Riga, Letonia, 1898) quedó hechizado por los paraísos septentrionales durante su estancia en Helsinki y Riga como cónsul de España en Finlandia. Sin embargo, sucumbió al suicidio ártico, al final estremecedor del hombre que decide acabar con su vida en las heladas aguas del río Dvina. El elegante caballero andaluz que se arroja al fondo oscuro después de haber sido rescatado por la tripulación del barco en el que viaja. Ganivet no quiso vivir más y se entregó al vientre helado del paisaje que tan bien había descrito.

El autor de Idearium español –uno de los textos que resumen el pensamiento noventayochista, de esa generación que reflexionó sobre el dolor y el mal español– vivió algún tiempo en Finlandia. Y quiso fijar en su memoria aquella patria extraña, tan diferente a su Granada natal, en Cartas Finlandesas. Una obra singularísima en España por ser de las escasas miradas de un hombre del Sur hacia el Norte.

Cartas Finlandesas se publicó en el diario El Defensor de Granada entre 1896 y 1898 y en ellas, Ganivet describió la cultura finlandesa haciendo un retrato del paisaje semejante al que escribió en su célebre Granada la bella, obra inscrita dentro de esa corriente finisecular de ensayos que intentaban atrapar el alma de los lugares.

El cónsul de España en Finlandia también añadió otros textos a sus Cartas, el pequeño ensayo Hombres del Norte en el que descubre al lector español a autores escandinavos como Ibsen, Jonas Lie o Bjornsterne Bjornson.

Las Cartas Finlandesas parten de una petición de sus amigos de la Cofradía del Avellano –tertulia literaria que Ganivet tenía en su ciudad natal–: «Varios amigos míos granadinos, miembros de la tan ilustre como desconocida Cofradía del Avellano, me han escrito pidiéndome noticias de estos apartados países».

Ángel Ganivet es consciente de cómo pueden impresionar los cuadros de costumbres finlandesas, las impresiones de un meridional ante un lugar en el que se alcanzan hasta treinta grados bajo cero o en el que varios días al año no hay luz solar.

«Voy a sorprender a mis lectores diciéndoles que aquí no hace frío. Dentro de las casas se vive en perpetua primavera, y en la calle, envuelto en pieles, suda uno más que en verano. Sólo la cara, que tiene que ir al descubierto, se resiente de las caricias, un tanto brutales, de la nieve y el viento. De 10 grados para abajo, la barba se hiela y la cara se adorna con un marco de estalactitas, cuando se vuelve a casa después de pasear un rato, de cada pelo cuelga un carámbano, y al sacudirse suena uno como una araña de cristal», escribe en sus Cartas Finlandesas.

Trampas del exotismo

Sin embargo, Ganivet no cae en la trampa del exotismo, de la narración pintoresca y superficial. Es muy interesante su reflexión sobre el otro, fruto de una mirada irónica y un juicio certero de lo que contempla. Muy diferente a la descripción apresurada, llena de tópicos y prejuicios que había caracterizado los libros que los viajeros del Norte –sobre todo los franceses– habían hecho sobre España y, en particular, sobre el apasionado y desmedido Sur.

Una imagen forjada desde el siglo XVIII que sufrirá el propio Ángel Ganivet, que en este Norte del Norte intenta «inspirar confianza» y, «a pesar de repetidos ejemplos de cordura y seriedad», concluye que su procedencia andaluza le perjudica notablemente. Ganivet no puede evitar la prevención por el «malísimo concepto como sujetos sentimentales» de los españoles que, según los finlandeses, «nos burlamos de las mujeres que no saben resistir».

Precisamente, sobre las mujeres finlandesas Ganivet hace un retrato particular, a medias entre la fascinación y cierto rechazo por no asumir la libertad de unas mujeres «demasiado callejeras», «poco femeninas» e «independientes», porque «tienen la manía de la libertad». Unas mujeres que le desconciertan porque aspiran «a la belleza intelectual». «Don Juan tiene que convertirse aquí en maestro de escuela, porque Doña Inés está cargada de diplomas».

Las Cartas Finlandesas están llenas de ironías y divertidos fragmentos. Por ejemplo, cuando describe la gastronomía un poco «salvaje» y sus desventuras para comprar ajo, ya que se vende sólo en las boticas porque nadie en Finlandia imagina que tenga una virtud más allá de lo curativo.

El escritor granadino se detiene y disfruta describiendo los paisajes helados, la gente que atraviesa pesadamente las calles bajo el frío del invierno, que permanece refugiada en sus casas tibias, «encristalados y empapelados», para añadir: «Dichosa tierra que durante meses y meses trata a sus hijos como a plantas exóticas».

lunes, 25 de octubre de 2010

"EL CLUB DE LA MEMORIA" TRADUCIDO AL ÁRABE


El Club de la memoria ha sido traducida parcialmente al árabe por el traductor Abdelatif Bazi como parte del ciclo "La costumbre de leer" que organiza la Fundación Caballero Bonald. La presentación tuvo lugar en el Centro Cultural Español en Martil (Tetuán, Marruecos) el pasado 8 de octubre.

jueves, 9 de septiembre de 2010

JOAQUÍN SOLER SERRANO



EL PERIODISMO PERDIDO DE SOLER SERRANO


EL MARTES POR la noche yo huía de la televisión actual y me refugiaba –qué remedio– en los programas antiguos y ejemplares que se hacían antes. Veía la entrevista que Joaquín Soler Serrano le hizo a Rosa Chacel en el programa A fondo de TVE –emitido entre 1976 y 1981– en la que hablaban de la vida, los exilios, España y la literatura, ese tema que tan poco se frecuenta en la caja tonta de nuestros días. Al día siguiente, descubro que Soler Serrano, ese maestro de géneros que ya ni se practican porque serían demasiado eruditos, había muerto. Me estremece pensar que mientras yo lo veía admirada en aquella entrevista, él agonizaba en su casa de Barcelona.

Ahora, al ver la galería de entrevistados de A fondo descubro que es un programa ya sólo habitado por admirables espectros:Alberti amable pero reticente a la vuelta de su exilio a la patria madrastra, Dámaso Alonso recordando sus años de juventud, Cela con fabulosas anécdotas, Dalí snob y genial, entrañable Mujica Láinez, Cortázar personalísimo. Esta galería de la memoria literaria que TVE guarda en las honduras insondables de sus fondos documentales debería ser materia obligatoria en las escuelas. Con qué cordialidad, ternura y sabiduría hacía Soler Serrano aquellas entrevistas en las que los grandes escritores –esos autores que hemos conocido ya inmortalizados en mármol– contaban sus infancias, sus pasiones librescas, las tragedias de sus vidas, las historias de amistades traicionadas.

Cuando TVE cumplió 50 años pensé que rescatarían de sus archivos programas de lujo como A fondo. Sin embargo, debieron de pensar que los programas culturales o las grandes series históricas –cuán lejanas a esa exitosa y pueril Águila roja sobre un absurdo y anacrónico siglo XVII– son asunto de gente acomodada y decidieron venderlo en los quioscos. Nada de pensar en el servicio público. ¿Por qué no pasaron ese programa por La 2? ¿Por qué no lo hacen ahora como homenaje a Soler Serrano? Me temo que en TVE ya son pocos los que consultan los fondos documentales. No hay más que ver los telediarios llenos de redactores sin más horizonte que el presentismo, reporteros callejeros a los que no les importa el documento social sino el espectáculo. Esos telediarios que ya no cuentan con periodistas que tengan más de 50 años y donde la muerte de un grande apenas merece unos minutos de recuerdo.

Así que seguiré aprendiendo de las entrevistas magistrales de Soler Serrano en A fondo en una tele a la que no le asustaba dedicar una hora a las palabras de un escritor. Qué exotismo pensar en eso hoy.

Publicado en EL MUNDO de Andalucía el 9 de septiembre de 2010

lunes, 12 de abril de 2010

TRAVESÍAS ANDALUZAS / HERNANDO COLÓN


MEMORIAL DE LOS LIBROS NAUFRAGADOS

En el fondo del mar, reposan desde hace siglos los libros que compró Hernando Colón, el hijo del almirante, el bibliófilo que recorrió toda Europa adquiriendo ejemplares. Aquellos volúmenes forman parte de un sueño de Hernando Colón, que quedó anotado en uno de sus libros de registro donde apuntaba detalles sobre cada ejemplar adquirido y que tituló: Memorial de los Libros Naufragados.

Estos títulos los compró durante sus viajes europeos, pero decidió embarcarlos en una carraca que partió de Venecia y que desgraciadamente se hundió. Durante toda su vida, Hernando Colón tuvo la intención de volver a comprar los volúmenes que había perdido, por eso guardó el valioso libro-registro con las obras ‘naufragadas’.
Los viajes librescos de Hernando Colón (Córdoba, 1488- Sevilla, 1539) son una parte poco conocida de su biografía, aunque ha sido estudiada por investigadores como Klaus Wagner y Juan Guillén, ambos desaparecidos, pero que dejaron estudios en los que seguían la huella biográfica a través de las compras que el hijo del almirante había hecho por diversas ciudades europeas.
Este Hernando Colón europeo, que llega a comprar hasta doscientos libros en un solo día en Venecia y mil en apenas un mes en Colonia, va anotando trozos de su biografía y también de la Europa de su tiempo en los volúmenes que va adquiriendo y que hoy se encuentran –los que se salvaron del tiempo y la destrucción parcial de la colección– en la Biblioteca Colombina en Sevilla.
Entre estas estampas de la Europa de su tiempo, estarían momentos como su encuentro con Erasmo de Rotterdam en Lovaina, donde viajó con la corte de Carlos V, al que servía. La visita se produce el 7 de octubre de 1520 y Erasmo cuenta entonces con 53 años y Hernando Colón con 32. El gran humanista le regala un ejemplar de su última obra impresa, Antibarbarorum. En el ejemplar aparece la dedicatoria autógrafa de Erasmo. Don Hernando añadió su puño y letra: «En Lovaina el domingo siete de octubre del año 1520, el mismo Erasmo escribió con su propia mano las dos primeras líneas».
Estas anotaciones o apostillas son muy reveladoras para seguir el rastro de los viajes europeos. Frente a los viajes de epopeya de su padre, Hernando Colón realiza itinerarios con intenciones bibliófilas, para comprar libros, su gran pasión.
Las apostillas aparecen en los márgenes, en las guardas, en las páginas en blanco. Se trata de advertencias o ideas que le surgían mientras leía o que incluso consideraba que podían servir a lectores futuro. Este hábito lo heredó de su padre, Cristóbal Colón.
El primer viaje europeo del cordobés fue a Roma en 1512. En la ciudad italiana residió hasta octubre de 1516 con intervalos en los que regresaba a su casa de Sevilla, un palacio que había construido sobre una zona que había sido muladar y que convirtió en un retiro humanista en el que seguía el lema renacentista del ocio cum litteras (con libros).
En Roma se hospedaba en un convento de franciscanos observantes, llamado de los Españoles. Por una anotación en una obra que compró sobre el comentario de Juan Britannico a las Sátiras de Juvenal, se sabe que asistió a un curso en Roma: «Yo don Hernando Colón oí exponer este libro a un cierto maestro mío en Roma desde el día 6 de diciembre hasta el 20 de este mismo mes».
Uno de los grandes viajes del bibliófilo fue en octubre de 1520, cuando acompaña a Carlos V para su coronación en Aquisgrán como emperador. El historiador Klaus Wagner aseguraba que Carlos V quiso que lo acompañara en la cita histórica «en calidad de geógrafo y consejero».
De aquí viajó con la corte a Colonia y a Worms, donde el emperador abrió las sesiones de la famosa dieta, donde compareció Lutero para retractarse de sus tesis. Tras el fracaso de las conversaciones con Lutero, Carlos V regresó a Flandes y don Hernando inicia un largo periplo libresco. Pasa y compra libros en Spira, Estrasburgo, Schlettstadt, Basilea, Milán, Pavía, Génova, Cremona, Ferrara y Venecia, adonde llega el 9 de mayo de 1521.
En una nota en la guarda final de la obra de Conrado Thuricense, Magnus Elucidarius omnes hystorias et poeticas fabulas, que compró en Gante en agosto de 1520 escribe: «Comencé a leer y anotar este libro en Bruselas el 29 de agosto de 1520; la mayor parte del mismo lo leí en Worms, ciudad de Alemania, hasta finales del mes de enero de 1521. Lo demás lo leí en diversos lugares y ocasiones».
Viaje a Inglaterra
También acompañando al emperador Carlos V, el hijo del almirante visita Inglaterra. El emperador quería ver a sus tíos, los reyes Enrique VIII y Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos.
En sus Noticias para la vida de don Hernando Colón, Eustaquio Fernández de Navarrete escribió sobre los hábitos del bibliófilo en Londres: «Mientras los caballeros se entretenían en saraos y festejos, don Hernando, poco dado a estos pasatiempos frívolos, es de creer que aprovechase la ocasión para aumentar el caudal de su saber, visitando las oficinas de los libreros y recorriendo monasterios y abadías en busca de obras impresas y códices olvidados».
En 1521 en Venecia estuvo residiendo durante algún tiempo. Por supuesto, no paró de comprar libros, así que incluso tuvo que pedir un crédito de doscientos ducados al banquero genovés Octaviano de Grimaldo a quien además pidió que embarcara los libros que había comprado en la primera parte de su viaje. Él seguiría adquiriendo títulos por otras ciudades europeas antes de regresar a Sevilla.
El cargamento de libros se hizo a la mar Venecia con destino a Cádiz y después a Sevilla. Pero la carraca naufragó y los libros se hundieron en aguas mediterráneas.
En el libro memorial del bibliófilo se lee: «Todos los libros contenidos desde el número 925 hasta aquí son los que yo dejé en Venecia a miser Octaviano de Grimaldo que los enviase y se anegaron en la mar». Aún reposan en el fondo del mar, guardados en cajas como un tesoro bibliógrafico que nadie ha logrado rescatar.

Publicado en EL MUNDO de Andalucía el 8 de abril de 2010

jueves, 11 de marzo de 2010

TRAVESÍAS ANDALUZAS / ANTONIO DE ULLOA


EL CABALLERO DEL PUNTO FIJO


EVA DÍAZ PÉREZ
Entre los personajes perdidos en la Historia, están los marinos que protagonizaron algunas de las más sorprendentes expediciones científicas. Uno de ellos es el sevillano Antonio de Ulloa, quien junto al también teniente de navío Jorge Juan formó parte de un viaje que buscaba la medición exacta del meridiano, una de las obsesiones náuticas del XVIII para emprender con garantías científicas la navegación.
En realidad, la iniciativa de la empresa se debe a Francia, concretamente a la Academia de Ciencias de París, pero la importancia de los viajeros españoles fue fundamental para el éxito de la expedición. Además, la mirada observadora y científica del marino sevillano terminó por ser determinante puesto que, como resultado de la expedición científica, se publicó una voluminosa obra en la que Antonio de Ulloa aportó reveladores conocimientos sobre las tierras próximas al Ecuador.
La razón de que una empresa francesa estuviera participada por dos marinos españoles se debe a que el terreno explorado se encontraba en el virreinato del Perú y, por lo tanto, había que pedir la autorización al rey de España, por entonces Felipe V.
Felipe V, entusiasmado con la expedición, ordenó que dos oficiales acompañaran a los académicos franceses «para asistir a todas las observaciones que hiciesen». Esos oficiales fueron un alicantino y un sevillano, recién salidos de la Compañía de Caballeros Guardias Marinas, fundada en 1717 en Cádiz para recuperar esa perdida tradición de marinos, científicos y cosmógrafos de la Casa de la Contratación con cuyos tratados aprendió a navegar Europa. Esta escuela se convirtió en auténtica redención de la nobleza, que destinó a sus hijos como caballeros cadetes que aprendían con bagaje científico –que nada recordaba el de los antiguos pilotos de altura y escuadría de los dos siglos anteriores– los secretos de la navegación.
La elección de Antonio de Ulloa se debe, en realidad, a uno de esos azares del destino, ya que en un primer momento se decidió que fuera el guardiamarina José García del Postigo quien acompañara a Jorge Juan, pero al estar de campaña por ultramar, se optó por otro aventajado alumno. Así el sevillano entra en la Historia protagonizando esta campaña geodésica.
Antonio de Ulloa había nacido en Sevilla en la calle del Clavel, «en el caserón que hace esquina a la de las Armas» en 1716. Teniendo sólo 13 años, su padre lo embarcó en un viaje por mar para que tomara gusto al medio. Luego ingresó en la Compañía de Guardias Marinas de Cádiz con resultados muy brillantes.
El viaje a las tierras de Ecuador se inició el 26 de mayo de 1735. Era en Cartagena de Indias donde tenían previsto el encuentro con los académicos franceses quienes se retrasaron en la llegada varios meses, tiempo que utilizaron los españoles para hacer estudios físicos y etnográficos de la ciudad.
Al ser la empresa de origen francés, la gloria de la posteridad se la llevaron los académicos galos, quedando los españoles en el olvido, no sólo por el mundo sino también por su propio país, como ha sido constante en la Historia de España.
Para luchar contra esta desmemoria, el escritor y marino Julio F. Guillén escribió un libro de desagravio: Los tenientes de navío Jorge Juan y Antonio de Ulloa y la medición del meridiano en el que pone en su lugar a los marinos españoles destacando además algunos episodios protagonizados por los franceses, como las discusiones, las intrigas y la falta de rigurosidad científica de algunas mediciones, sobre todo, por parte del extravagante La Condamine.
Sin embargo, la mala fortuna hizo que este libro patriótico se cruzara con el estallido de la Guerra Civil. Julio F. Guillén tuvo que terminar el libro en el trágico verano de 1936 y, aunque pudo publicarse en septiembre, se perdió casi toda la edición salvo unos ejemplares que se encontraban en el Museo Naval. El libro no se pudo reeditar hasta el año 1972.
Pero volviendo a la expedición, los caballeros franceses llegaron por fin a Cartagena y pudo iniciarse el viaje a Quito, territorio elegido para las mediciones. Fue allí donde recibieron los instrumentos que eran un péndulo simple, varios anteojos de longitud, dos sextantes de reflexión y un cuadrante de radio. Todos realizados por el instrumentista Langlois.
El llano elegido para la medición era un lugar de nieves perpetuas que Ulloa relató en su Relación: «Estábamos envueltos en una nube tan espesa que no dejaba libertad a la vista para percibir ningún objeto a distancia de seis u ocho pasos».
Las vigilias de cálculos y las durísimas jornadas de observación requerían el esfuerzo de los científicos quienes para hacer las mediciones debían permanecer en ocasiones durante largas horas en el mismo lugar con el fin de que los cálculos fueran correctos. Ésta es la razón por la que comenzaron a ser llamados por los indios de las zonas cercanas como los caballeros del punto fijo.
Caballeros del punto fijo
Sobre esta circunstancia hubo no pocas anécdotas, ya que algunos los tomaban por locos al estar durante horas quietos en un mismo punto, mientras que otros consideraban que semejante esfuerzo se debía a que buscaban minerales preciosos por secretos artificios y magias. Incluso algunos indios se arrodillaban al paso de los geodestas, porque consideraban que todo lo sabían.
Otro lugar escogido para las mediciones fue Cuenca, tres grados al sur de Quito, casi en plena equinoccial, donde Antonio de Ulloa, gran aficionado a la botánica, tomó muchos apuntes.
Sin embargo, cuando faltaba la medición en el mar, los marinos españoles tuvieron que ausentarse de la expedición. La razón fue que el virrey de Perú les enconmendó la organización de las escuadras marinas ante la amenaza del almirante inglés Anson, que pretendía hostilizar las costas y el comercio de Chile y Perú.
Gracias a esta circunstancia, Ulloa visitará Lima, un lugar que le entusiasmará. Ulloa, al ver la catedral, la comparó con la de su ciudad natal: «Imita en su arquitectura interior a la que luce en la catedral de Sevilla, aunque no es de tanta capacidad». Además, fue en Lima donde se casó con la criolla doña Francisca Remírez de Laredo y Encalada, hija de los condes de San Javier.
En el tornaviaje, Jorge Juan y Ulloa viajaron en navíos distintos para que si naufragaban o eran apresados no se perdieran las notas y cálculos. Circunstancia que ocurrió con el barco de Ulloa, que fue apresado por ingleses que, finalmente lo liberaron. En Londres, fue presentado a míster Martin Folkes, presidente de la Royal Society, quien lo propuso como miembro del cuerpo.
Antonio de Ulloa regresó a Madrid el 25 de julio de 1746, después de un viaje de 11 años. Acababa de morir Felipe V y ahora reinaba Fernando VI estando como ministro el marqués de la Ensenada, que elogió el mérito de los españoles.
Ulloa y Jorge Juan terminaron de escribir su obra en 1747, que se editó de forma exquisita y se tradujo en varios países. Mientras, los académicos franceses publicaron varios volúmenes en los que se atacaban unos a otros intentando su versión de la expedición y arrogándose el mérito de la empresa.
Publicado en EL MUNDO de Andalucía el 25 de febrero de 2010

viernes, 26 de febrero de 2010

TRAVESÍAS ANDALUZAS / LEÓN EL AFRICANO


EL SABIO QUE VIAJÓ POR ÁFRICA

EVA DÍAZ PÉREZ

El granadino Juan León de Médicis –también llamado Hasan ben Muhammad al-Wazzan al-Fazi al-Garnati o popularmente conocido como León el Africano– fue un sabio viajero que recorrió el desconocido continente africano, adentrándose en las selvas y desiertos, describiendo curiosas costumbres y deslumbrando con un mundo diferente y salvaje. Un personaje de novela como bien descubrió el escritor libanés Amin Maloof.
León el Africano es el autor de un libro revelador, Descripción de África (1550), una obra que marcaría muchos de los viajes del siglo XVI, época de hallazgos y descubrimientos con la excusa de las aperturas de rutas comerciales pero que llevaron al hombre occidental a abrir sus horizontes y repensar el mundo conocido.
León el Africano nació en Granada, justo en las vísperas de la reconquista de Granada por los Reyes Católicos. Poco después del establecimiento de los cristianos, su familia inicia el camino del destierro a causa de la traición a las promesas sobre tolerancia con la religión, cultura y costumbres que los nuevos señores habían hecho al establecerse en el antiguo reino andalusí.
Así, la familia del joven marcha al exilio que llevó a varias familias al Norte de África. Con esa mirada nostálgica a Granada, partirá León el Africano, una mirada europea que sólo renacerá años más tarde cuando el joven exiliado regrese a la tierra olvidada.
El éxodo al norte de África se inicia en 1493. La educación del joven granadino será en Fez, ciudad que acogería a numerosos exiliados andalusíes. Su tío era embajador del sultán y con él inicia un viaje trascendental en la biografía de León el Africano. Recorre Marruecos en misiones comerciales y diplomáticas para el sultán de Fez, el wattasí Muhammad al-Burtugali, llamado el portugués. El joven León absorbe conocimientos, ‘bebe’ paisajes y se subyuga con la contemplación de pueblos, geografías y costumbres que años más tarde recopilará en su fundamental tratado.

Repasando su interesante Descripción de África se descubre, además de descripciones puramente geográficas o de costumbres, una auténtica novela de aventuras. Es el caso de lo ocurrido en uno de los caminos del desierto. Después de la descripción sobre el territorio, el viajero se adentra en el peligroso desierto, con amenazas de ladrones, saqueadores y, sobre todo, el calor y la sed. «Este es un país casi todo de arena. Detrás de Numidia están los desiertos de Libia, tierras completamente arenosas, hasta la tierra Negra».
En este viaje, León el Africano partió con unos mercaderes de Fez en el monte Atlas donde comenzó a «caer nieve fría y espesa». El joven León recibe la propuesta de un grupo de árabes para abandonar la caravana para llegar a un buen alojamiento que ellos conocían. «Yo, no pudiendo rehusar la invitación y temiendo que se tratara de algún engaño, pensé en quitarme de la espalda una buena suma de dinero que llevaba conmigo».
Así, León el Africano finge la urgencia de necesidades naturales para retirarse y esconder su bolsa de dinero. «Me retiré aparte, bajo un árbol, y allí oculté y dejé lo mejor que pude mi dinero entre piedras y montones de tierra, señalando con presteza el árbol junto al cual lo había dejado. Hecho esto, me puse a seguir el camino de los otros y, habiéndoles alcanzado, cabalgamos reunidos en silencio hasta la media noche».
Tal y como había deducido el avezado viajero, los falsos mercaderes le preguntan por el dinero y viendo que no tiene nada encima deciden mofarse de él. Le obligan a quitarse la ropa, a pesar del frío de la noche. Luego apresan a un judío que llevaba un cargamento de dátiles en la misma caravana y a él le roban el caballo y lo dejan a su suerte.
Otro de los peligros con los que se topa el africano es con el riesgo de morir de sed en el desierto. En Numidia advierte del peligro de las mordeduras de escorpiones y serpientes y en Libia «también país muy desierto, seco y arenoso» anuncia al viajero que no se encuentran fuentes, ni ríos, ni agua.
En el itinerario de Fez a Tombut explica que los mercaderes que hacen este viaje en estación distinta al invierno corren gran peligro porque entonces soplan los sirocos o vientos meridionales, «los cuales levantan tanta arena y cubre los pozos de tal manera que no se distinguen señales ni pozos». El resultado: el viajero muere de sed.
Una de las visiones más estremecedoras del desierto es, precisamente, la de los huesos desperdigados de mercaderes y viajeros que murieron de sed. Por ejemplo, en el desierto de Azacad describe dos sepulturas halladas en el camino en el que están grabados los nombres de dos hombres. «Uno de los cuales fue un comerciante muy rico el cual, atravesando el desierto con una sed extrema, y abatido al fin por ella, compró al otro, que era arriero, una taza de agua en la cantidad de diez mil ducados. Esto no obstante murieron de sed el mercader que compró el agua y el arriero que se la vendió».
No olvida León el Africano dar un consejo para salvar la vida: «Consiste en matar a un camello, exprimir el agua de sus intestinos y beber de ella, reservando la sobrante hasta que llegan a algún pozo o hasta que la muerte pone fin a la sed».
Preso y liberado
León el Africano visitó África del Norte, Egipto y parte de Asia. En la isla de Gelves fue apresado por una escuadra cristiana o por corsarios sicilianos, según otras fuentes, pero es tan grande su sabiduría que sus captores deciden no convertirlo en un simple esclavo. Así, es conducido a Roma y en 1517 se convirtió al cristianismo con el nombre de Juan León de Médicis. Su sabiduría y humanidad fueron tan célebres que el propio papa León X fue su amigo personal. Éste permitió la traducción de algunos escritos suyos a la lengua italiana, pero a la muerte del pontífice León el Africano decidió renunciar al cristianismo y regresó a África y al islamismo.
Murió en Túnez en 1554 recordando su fascinante vida. Como escribió Amin Malouf en su novela León el Africano: «Mi sabiduría ha vivido en Roma, mi pasión en el Cairo, mi angustia en Fez, y en Granada vive aún mi inocencia».

domingo, 14 de febrero de 2010

TRAVESÍAS ANDALUZAS / PERO TAFUR


NUEVA SERIE PUBLICADA EN EL MUNDO DE ANDALUCÍA:
LOS VIAJES DEL CABALLERO PERO TAFUR

EVA DÍAZ PÉREZ / Sevilla
Frente a la tradición de la Andalucía narrada por los viajeros extranjeros fascinados por el exotismo meridional, existe otra visión más desconocida e insólita: la de los andaluces viajeros que describieron el mundo. De Andalucía, tierra archicontada por la mirada de los ‘otros’, construida sobre un imaginario de visiones ajenas de forasteros, también partieron personajes que se atrevieron a contemplar e interpretar el mundo. Una curiosidad, por cierto, no muy habitual en la historia española que, sin embargo, caracterizó a andaluces de todas las épocas, desde las embajadas de Al-Andalus hasta los itinerarios comerciales, pasando por los viajes al Nuevo Mundo o las expediciones científicas.
Esta poco conocida agudeza andaluza para interpretar el mundo tiene en Pero Tafur uno de sus personajes más destacados. Este caballero, probablemente nacido en Sevilla y que residió buena parte de su vida en Córdoba, recorrió Europa y África en una travesía que detalló en una obra excepcional: Andanzas y viajes de Pero Tafur por diversas partes del mundo avidos.
Pero Tafur realizó su viaje entre 1436 y 1439, pero no escribió sus andanzas hasta varios años más tarde, concretamente en 1454 ó 1455. La crónica del viaje evocaba también los años de su juventud –cuando escribe se acerca a los cincuenta–, por lo que es también un libro de memorias, una hermosa evocación heroica ya desde su retiro amable en Córdoba.
Siendo uno de los pocos libros que narran viajes medievales –como el de la famosa embajada de Ruy González de Clavijo ante el Gran Tamerlán– no se publicó hasta el siglo XIX. Marcos Jiménez de la Espada lo editó a partir de una copia manuscrita del siglo XVIII.
Precisamente, la Fundación José Manuel Lara acaba de rescatar este libro histórico dentro de su colección de Clásicos Andaluces con introducción de Miguel Ángel Pérez Priego quien comenta la importancia de la crónica de viajes de Pero Tafur como fotografía-fija de un momento histórico, el de las tensiones en los años previos a la caída de Constanticopla, así como la definitiva descomposición del imperio de Oriente, las vísperas del dominio turco en el Mediterráneo y la decadencia del poderío naval de genoveses y venecianos. No falta en el recorrido de este caballero andaluz un repaso a «los conflictos políticos en Europa central y las ciudades del Sacro Imperio, la persecución de los husitas o el cisma creado por el concilio de Basilea».
Pero ¿quién era este audaz Pero Tafur? Parece que nació entre 1405 y 1410 y se crió en Sevilla, participó en las guerras de Reconquista y llegó a ser caballero veinticuatro en la ciudad de Córdoba. El viaje a tierras extrañas que protagoniza Pero Tafur tiene relación con cierta idea caballeresca, la de probar el valor con una empresa arriesgada, como hacían tradicionalmente los héroes caballerescos –los reales y los de las ficciones de las novelas de caballería– en sus famosas salidas.
El viaje de Pero Tafur es una magnífica ilustración de la mencionada agudeza de la mirada andaluza para interpretar el mundo. Tafur, como hacían los viajeros-descubridores de su época, aplica las claves de su mundo conocido a las tierras extranjeras. Es lo que ocurre cuando llega a Venecia y compara el Campanile de San Marcos o las pirámides de Egipto con la altura de la torre mayor de Sevilla (que a finales del siglo XVI se llamaría Giralda). También asemeja el tamaño de la ciudad de Viena con el de la Córdoba de su época y el de Sevilla con Cafa, Breslau, Padua o Palermo.
Muchas son las aventuras que vivió Pero Tafur desde que salió de Sevilla, aunque faltan las primeras páginas del manuscrito en el que se debía de detallar la partida. El caballero recopilará toda suerte de novelescos episodios como cuando en Gibraltar asiste a una de las batallas de reconquista y presencia el naufragio y la muerte del conde de Niebla. Tafur peregrinará a los Santos Lugares; intentarán asaltarle cerca de Viena; será apresado en Maguncia; vivirá una terrible tormenta en el Golfo de León, un naufragio en Chíos e inclemencias terribles en el paso de los Dardanelos, y sufrirá una herida de flecha cerca de la que fue puerta de Troya. Además, Pero Tafur se encargará de labores diplomáticas en El Cairo al portar cartas del rey de Chipre al sultán de Egipto.
Sin embargo, el viaje resume también el espíritu de su tiempo, una época que se mueve entre la creación de los grandes Estados en el inminente Renacimiento y las leyendas medievales. La tradición de los viajeros en busca de mitos –lo que se llamará los «mitos motores» del Descubrimiento– también marcará a Tafur quien en el estrecho de Mesina, donde los antiguos situaban los peligros marinos de Escila y Caribdis, descubre a las sirenas y las describe con el toque de misterio con que se hablaba de los monstruos en los libros de viajes.
También tendrá este itinerario mucho de peregrinaje para venerar reliquias, otro impulso que arrastró a miles de viajeros de su época. Tafur visitó Roma –que desde el año 1300 se convirtió en un lugar santo– y en su relato orienta a los futuros viajeros sobre dónde se encuentran las reliquias o los días en que se pueden ganar indulgencias.
Pero además de como ‘moderno’ libro de viajes, la obra de Tafur se lee a veces como una novela de aventuras. Es lo que ocurre cuando en Nüremberg ve expuesta la lanza de la Cruxifición. El caballero se atreve a comentar que ya había visto el objeto sagrado en Constantinopla, por lo que los que lo escuchan están a punto de agredirlo: «Yo dixe cómo la avía visto en Constantinopla, e creo que, si los señores allí non estuvieran, que me viera en peligro con los alemanes por aquello que dixe».
Una de las etapas más interesantes de su viaje es la de la visita a Jerusalén. Saliendo de Venecia –que se convierte en su lugar de referencia, porque de allí parte en tres de las cuatro etapas del viaje– llegará a las ciudades griegas de Corfú y Modón, y a las islas de Creta y Rodas. Luego desembarca en el puerto de Jafa y es trasladado a Jerusalén donde lo hospedan los frailes de Monte Sión. Pero Tafur tendrá que disfrazarse de moro y «acompañado de un renegado portugués» visitará el templo de Salomón convertido en mezquita por Saladino.
Tafur también remontará el Nilo y llegará a El Cairo donde estuvo un mes «mirando muchas cosas e muy estrañas, mayormente a los de nuestra nación». Viajará de Norte a Sur por parte del mundo conocido recorriendo la Europa septentrional, por Flandes y la ribera del Rin, que «es sin duda la más fermosa cosa de ver en el mundo».

miércoles, 28 de octubre de 2009

UNA NOVELA EUROPEA


Eva Díaz Pérez se trasladará a Praga, Viena y Verdún en la I Guerra Mundial para ofrecer una "novela muy europea
"
Fuente: EUROPA PRESS

La escritora Eva Díaz Pérez se trasladará a Viena, Praga y Verdún durante la I Guerra Mundial para a través de la visión de cuatro personajes centroeuropeos recorrer el siglo XX en el Viejo Continente en su nuevo trabajo literario, que definió como "una novela muy europea".En declaraciones a Europa Press, la escritora y periodista sevillana, que participa hoy en el ciclo 'Obra inédita', organizado dentro del programa 'Letras Capitales' del Centro Andaluz de las Letras de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, señaló que tras sus tres primeras obras, 'Memoria de cenizas', 'Hijos del mediodía' y 'El club de la memoria', que se vieron como una trilogía nacional sobre tres episodios de la historia de la España que no pudo ser, ahora "le apetecía cambiar de escenario", confesó. Así, según precisó, su nuevo trabajo literario, que entregará a finales de años a la editorial Destino, se ambienta en las ciudades centroeuropeas de Viena, Praga y de Verdún, lugar donde ocurrió una de las grandes batallas de la I Guerra Mundial. Este cambio de registro, "un reto", según Díaz Pérez, era "necesario, pues lo asume como una reinvención". Presentó su nueva obra como "una novela muy europea", aunque indicó que "desconoce si ésta es el principio de una trilogía sobre el Viejo Continente". La obra, en la que aún trabaja arranca en la I Guerra Mundial, de la que apuntó que "al no haber participación española es un poco desconocida y queda más lejos, incluso en bibliografía no hay mucho, aunque detecta un creciente interés"."La primera guerra moderna, una auténtica carnicería, da comienzo a las pesadillas del siglo XX, ya que es el primer paso para todas las atrocidades que acontecieron en la pasada centuria", indicó. Díaz Pérez, adelantó que la historia unirá a cuatro personajes del centro del continente a través de los que contará la historia del siglo XX. La finalista del Premio Nadal 2008 con "El Club de la Memoria", que hablará hoy en la Biblioteca Pública Infanta Elena dentro del ciclo 'Obras inéditas' sobre su nuevo trabajo literario, confesó que "a los escritores en ocasiones les apetece contar lo que están haciendo y no lo que ya han escrito", por lo que calificó de "positiva" la iniciativa del Centro Andaluz de las Letras.La periodista del diario El Mundo indicó que, aunque hay aspectos similares entre la literatura y el periodismo como la narración de una historia o el hecho de partir de la realidad a la hora de acometer la ejecución de la escritura, afirmó que la principal diferencia radica "en la creación de un mundo propio, alejado de la realidad". En este sentido, continuó diciendo que "el periodismo tiene cosas buenas, porque el oficio de escribir hace que los periodistas que escriben literatura no tengan tanto miedo a las páginas en blanco como otros escritores". Si bien, aseguró que "el vértigo del tiempo y las prisas no se trasladan al mundo de la literatura, pues aquí hay que trabajar con otros tempos, reposado y con mil revisiones". No obstante confesó que sus tareas de periodistas y escritora "se retroalimentan".

Díaz Pérez declaró a Europa Press que en líneas generales la actual "no es una época de excesiva calidad en determinados títulos, donde aparecen novelas de usar y tirar, novelitas de evasión o pseudohistóricas, que hacen un flaco favor a las novelas como tal bien argumentadas". Pese a esto, reconoció que "éstas controlan el mercado editorial, en el que siempre quedan autores desconocidos y con calidad literaria". Pese a esta crisis literaria o la económica, que las editoriales "aguantan" mejor de lo que esperaba, Díaz Pérez aseguró que "la peor es la situación actual que atraviesa el periodismo, en concreto, la prensa escrita, despistada por los medios digitales". A la crisis económica y ética, hay que sumar, según la escritora, una de contenidos y de no saber hacia dónde se va". La autora sevillana señaló que la prensa escrita debería apostar en estos momentos por "un periodismo de reflexión y trabajado, frente a las urgencias e inmediatez que dan las agencias o los medios digitales".

jueves, 22 de octubre de 2009

EL TORO DE ESPAÑA: Accésit Premio Unicaja de Artículos Periodísticos 2009

Aparecía como un monstruo terrible en el horizonte. Me daba miedo su sombra negra, gigante, de ogro de aquel campo que atravesábamos. Yo quería huir, pero sucedía lo contrario. Nos dirigíamos hacia él sin remedio y cuando la carretera se acercaba me quedaba contemplándolo asustada y fascinada, tranquila porque había descubierto que no se movía, que estaba allí, sereno y majestuoso dueño del paisaje.
Con el tiempo, aquel toro de Osborne se convirtió en el juego que teníamos los niños de una época sin videojuegos ni películas que nos entretuvieran en los largos viajes en coche. Como nada nos distraía, imaginábamos. Y el toro de Osborne era el ogro de los cuentos de un road-movie en el que éramos héroes o heroínas. Recuerdo perfectamente los lugares del toro y puede que sea el toro de Alcalá de los Gazules –N-440 kilómetro 48– el que mejor recuerdo, quizás porque ese paisaje de dehesa era su paraíso natural. El toro gigante parecía pastar entre los suyos, que se tendían a su sombra, la sombra del pater de todos los toros.
El toro de Osborne cumple 50 años. Fue en noviembre de 1957 cuando se colocó el primero. Era de madera y sólo medía 4 metros. El punto cero fue la carretera N-I en Cabanillas de la Sierra. Qué susto daría la sombra negra del morlaco a los primeros que lo contemplaron en la quietud de esos campos españoles. Los juegos de perspectiva crearían un efecto fascinante, imposible y aterrador. Manolo Prieto, su creador, no pudo sospechar que había creado un símbolo.
¿Cuántas lluvias, cuánto sol y cuánto viento han caído sobre estos toros tan españoles? Desde aquellas grises y sucias ventoleras de los años cincuenta hasta la década de los ochenta en que estuvo a punto de caer por las leyes de publicidad en las carreteras. Y así hasta convertirse en un icono, en una identidad, en símbolo de un país excesivo que mata y que ensalza a este animal, en parte de un imaginario colectivo que se cuela incluso entre los fotogramas eróticos de Jamón, jamón de Bigas Luna, o en la casi ‘performance’ que en un lugar de Extremadura lo trasviste de vaca suiza con rosadas ubres para denunciar la desigualdad entre géneros.
El toro ha servido para todo. Trota por la geografía española y tiene hasta mártires, como el morlaco de El Bruc, el único que quedaba en Cataluña y que destrozaron unos independentistas que se hacían llamar Hermandad catalana La Bandera Negra. Parece que en vez del toro enorme preferían el burro o ruc catalán como símbolo. Pues eso.

(*) Artículo publicado en EL MUNDO de Andalucía el 25 de octubre de 2007 y premiado con el accésit del XXVI Premio Unicaja de Artículos Periodísticos.

sábado, 29 de agosto de 2009

LOS TRES DÍAS SEVILLANOS DE LORD BYRON

Año 1974. Se cumplen 150 años de la muerte de Lord Byron y con ese motivo, el Victoria and Albert Museum de Londres organiza una gran exposición dedicada al poeta inglés. En una vitrina, los visitantes observan extrañados una trenza de color castaño «de tres pies de largo». ¿De quién sería? ¿Alguna dama abandonada tras ser seducida por el apuesto escritor en sus viajes por Europa?
Aquel cabello conservado casi como una reliquia perteneció a una joven llamada Josefa Beltrán y forma parte de la brevísima crónica de los tres días sevillanos de Lord Byron. La mata de pelo era parte de la colección de John Murray, descendiente del historiador que editó las obras de Byron. La historia de aquella sevillana, llamada Josefa Beltrán, la relató el propio Byron en las cartas que desde Gibraltar enviaba a su madre.
Lord Byron llega a Sevilla en el verano de 1809. Tenía 21 años y había terminado sus estudios en Cambridge. Era el momento de iniciar el tradicional Grand Tour que los jóvenes pudientes realizaban por Europa. Sin embargo, George Gordon Byron no escogerá el itinerario habitual por Holanda, Alemania y Suiza hasta llegar a Italia. Él, espíritu osado del Romanticismo, elegirá el menos transitado que le llevará por Portugal, España, Malta, Turquía y Grecia, donde moriría años más tarde luchando por su independencia.

Retrato de Lord Byron.
El viaje lo hará con su buen amigo John Cam Hobhouse y sus respectivos sirvientes. Parten el 2 de julio de 1809 de Falmouth en Cornualles a bordo del barco correo 'Princess Elizabeth'. Después de recorrer Lisboa y Sintra entran en Sierra Morena el 25 de julio y llegan a Sevilla a finales de mes quedando el poeta sorprendido por el estado de las carreteras españolas y por haber tardado sólo cinco días en llegar de Lisboa a Sevilla.
La Sevilla de ese verano de 1809 es una capital turbulenta, ya que la nación se encuentra en guerra con la Francia de Napoleón y la capital andaluza es la sede del Gobierno español con la Junta Central establecida en los Reales Alcázares. «Allí pudo ver a Agustina de Aragón, paseando con cierta ostentación por los lugares más concurridos, con sus condecoraciones y medallas, por indicación de la Junta Central», apuntaba Esteban Pujals, profesor emérito de la Complutense y catedrático de Literatura Inglesa en el artículo 'Lord Byron en Andalucía' publicado en el número 196 de la revista Archivo Hispalense en el año 1981.

Casa en la calle Cruces
El edificio donde se alojó Lord Byron en aquel verano se encontraba en el número 19 de la calle Cruces –hoy el 21 de la calle Fabiola– y nada queda de aquella casa de huéspedes que fue reformada a mediados del siglo XIX. La casa pertenecía a dos señoritas solteras, las hermanas Beltrán, Josefa y Teresa, que eran dueñas de seis casas.
Según el profesor Esteban Pujals, «Sevilla le gustó a Byron, visitó los monumentos más importantes y recordó siempre la catedral como una de las más hermosas que había visto». Además, durante su estancia sevillana mantuvo una entrevista con John Hookham Frere, poeta y futuro amigo en Malta del duque de Rivas, que entonces era el embajador inglés en España.
Doña Josefa –«Donna Josefa»– era novia de un oficial del ejército español y, a pesar de ello, quedó fascinada por la belleza de Byron y le sugirió que la visitara en su habitación ya adentrada la madrugada. Pero Lord Byron no lo hizo y en la carta que le escribió a su madre le comentaba lo desconcertado que le dejó la actitud ‘descarada’ de doña Josefa. Él, que tendría una vida disoluta de libertino.
Al parecer, Josefa con zalamería se lo reprochó al día siguiente y añadió que ya había tenido a otros amantes ingleses y que era una pena porque pronto se casaría con el oficial español. Fue entonces cuando se cortó la larga trenza y se la entregó al sorprendido poeta.

Camino de Jerez
Lord Byron abandonó Sevilla el 28 de julio camino de Cádiz. Pasó por Alcalá de Guadaíra, Utrera y Jerez, donde probó un excelente vino en unas bodegas situadas en la calle San Andrés 7.
En El Puerto de Santa María vio una corrida de toros y en Cádiz –que le pareció la ciudad «más bonita y limpia de Europa»– compartió una noche de ópera en el palco de una hermosa joven, hija del almirante de Córdoba, y que algunos investigadores aseguran que pudo inspirarle el poema ‘The Girl of Cadiz’ (La joven de Cádiz).

(Artículo publicado en El Mundo el día 28 de agosto de 2009)

lunes, 8 de junio de 2009

AYALA Y SU DOBLE: Accésit Premio Francisco Valdés de Periodismo Cultural 2009


Imagino a Francisco Ayala paseando estos días por la ciudad de su infancia. Él ha escrito estremecedores textos sobre sus impresiones cuando regresó a Granada después de años de exilio. Ayala pasea y al doblar las esquinas adivina las plazas, la memoria se adelanta a la percepción y recuerda casas que ya no existen y se topa con los fantasmas de todos aquellos que vio morir.

Francisco Ayala en el Hay Festival que se celebra estos días en Granada (*) contempla su larga vida y debe de tener la impresión de que es otro el que camina junto a él. Un doble o alguien que quizás inventó en un relato y que se escapó de las páginas para acompañarlo hasta el final del cuento de la vida. La criatura literaria que camina junto a este Ayala centenario es la que a veces le susurra al oído lo que el escritor ha olvidado o cree haber olvidado. Ayala se agarra a su personaje, que a veces le sirve de cayado con el que intenta subir la larga cuesta de la vida. Y es esa sombra feliz la que le relata las anécdotas de su infancia que vagaban huérfanas en la desmemoria.

La memoria de Ayala es alta y divaga por las alturas de la torre de Comares. Es larga como el Paseo de los Tristes. Y dorada como es la luz de las ciudades donde los siglos se esconden en el cadáver del aire. Ayala camina con su otro yo y con todas las sombras de su vida, arrastrando una cola enorme de recuerdos, unos enmohecidos por el tiempo y otros vivísimos y recientes. Se asoma al balcón de su biografía -a estas alturas un emocionante novelón por entregas- y siente vértigo al contemplarse a sí mismo de puntillas sobre los años. Ese vértigo es el que le hace pensar si es el verdadero protagonista de su historia. Es entonces cuando mira de soslayo al otro y se convence de que él es sólo el autor, el que escribe esta larguísima historia. Debe de ser el otro el que conoció la Granada de principios del siglo XX, casi la Granada la bella de Ángel Ganivet; el que acudía a los cafés de las tertulias de Madrid; el que conocía a los diputados republicanos; el que vio el horror de la Guerra Civil; el que ya era un hombre maduro en la Segunda Guerra Mundial; el que sufre el exilio de la España peregrina; el que escribe; el que sueña; el que ahora contempla esta España que le homenajea por lúcido centenario; el que duda.'Pero ¿seré yo ése al que aplauden?'. Para sumergirse de nuevo en su extrañeza de siglos.


(*) Artículo publicado en EL MUNDO de Andalucía el 3 de abril de 2008 y premiado con el accésit del Premio Francisco Valdés de Periodismo Cultural 2009

sábado, 30 de mayo de 2009

DE LA VIARDOT A LA MALIBRÁN



Quién lo diría pero Sevilla fue cuna de divas líricas, de voces que llenaron los grandes teatros europeos y cambiaron la historia del bel canto. Fueron dos hermanas que hoy forman parte del altar de los mitos operísticos: Pauline Viardot-García y María Malibrán.
La Viardot fue una gran cantante que además estudió piano con Meysenberg y Liszt, estudió composición con Reicha, llegó a ser la primera extranjera que cantó el repertorio italiano en Rusia, se enamoró de Turgénev y Chopin escribió para ella. Su leyenda continúa.
Sobre su hermana, María Malibrán, se ha escrito mucho –recientemente se ha publicado la novela María Malibrán. Pasión y muerte– y se hicieron películas –Sacha Guitry, Guido Brignone, Werner Schoeter o Michel Jakar–. La mezzosoprano Cecilia Bartoli ha recuperado el repertorio de la gran artista con discos, conciertos y hasta una exposición donde muestra recuerdos de la Malibrán reunidos durante años.
La Malibrán, con su voz de soprano sfogato, tiene historias en cada escenario europeo. Mítico fue su debut en la Ópera de París en Semiramide de Rossini. Y, aunque tenía como rivales a Giuditta Pasta, Rosmunda Pisaroni o Henriette Sontag, ella consiguió ser la gran diva de su tiempo.
Cuando cantaba estremecía a quien la oía y sus actuaciones seguían fuera de los teatros donde el público la seguía y esperaba a que ella saludara desde su balcón. Ocurrió en Nápoles con una multitud enfebrecida por su interpretación de Ninetta en La gazza ladra y que la siguió hasta su residencia en el Palazzo Barbaja en Nápoles. Y una escena similar sucedió después de su actuación en la Scala de Milán por su Norma de Bellini. Los espectadores continuaron vitoreándola hasta el Palazzo Visconti donde vivía. No menos impactante y teatral fue su entierro en Bruselas, así como los textos que le dedicaron sus coetáneos como Alfred de Musset.
En realidad, esta estirpe sevillana tiene su origen en un personaje excepcional, el cantante y compositor Manuel García (1775-1832), padre también de otra célebre figura en el mundo de la música, Manuel Vicente García, maestro de canto e inventor del laringoscopio.
Esta popular familia lírica tiene su origen en Sevilla, donde un niño con grandes dotes para el canto, Manuel del Pópulo Vicente Rodríguez –que su siglo conocería como Manuel García– comienza a dar clases en la Colegial del Salvador. Pronto Sevilla se le queda pequeña y el joven Manuel García se traslada a Cádiz, ciudad más moderna y cuna del liberalismo que serviría para ampliar la gran visión musical del artista.
Precisamente, Manuel García es el protagonista de la última semblanza dedicada a los compositores españoles de la Fundación March. Celsa Alonso, profesora titular de Música en la Universidad de Oviedo y una de las rescatadoras de la figura de García, es la autora de los apuntes biográficos y las claves de la obra del músico. Celsa Alonso asegura que su música se caracterizaba por asumir el legado mozartiano, el bel canto italiano, la ópera francesa, el pintoresquismo romántico, los estereotipos castizos y los exotismos coloniales.
En los últimos años, varios teatros han recuperado sus obras. Como no podía ser de otra forma, el Teatro de la Maestranza puso en escena su Don Chisciotte en 2006. Ha sido una de las pocas ocasiones en que su ciudad natal se ocupó de recuperar a otro más de sus olvidados hijos ilustres.
Pero continuemos con su novelesca biografía. Manuel García debutó en Madrid como cantante en 1798 y en 1805 estrenó su obra El poeta calculista siendo director del teatro de Los Caños del Peral.
Con su bagaje de artista sincrético que era capaz de aunar el el estilo galante aún de moda, la música de Haydn, la ópera cómica italiana y el lenguaje castizo de la tonadilla, se traslada con su amante Joaquina Briones –que sería la madre de la Malibrán, la Viardot y de Manuel Vicente– a París en 1807.
Ese París fascinado por lo español se rinde ante su polo (un tipo de canción de origen andaluz) Yo que soy contrabandista, que reflejaba el mito del bandolero andaluz y que inmortalizarían Victor Hugo, George Sand, Liszt o Schumann.
En Nápoles inició su gran amistad con Rossini y en Roma estrena con gran éxito El barbero de Sevilla en el papel de Almaviva. Había nacido la leyenda del tenor rossiniano.
García modernizó la opera bufa con influencias de la ópera cómica, en Londres fundó una Academia de Canto y publicó sus Exercises and method for singing, fue director del Park Theatre de Nueva York e introdujo la ópera italiana y de Mozart en los Estados Unidos y México. El día de su muerte escribieron que había desaparecido el «premier tenor de toutes les Espagnes».
Publicado en EL MUNDO de Andalucía el 30 de mayo de 2009

miércoles, 4 de febrero de 2009

LOS CUADERNOS ESPAÑOLES DE CORAL GABLES


HACE JUSTO 70 años, Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí llegaban a Coral Gables, un municipio del condado de Miami-Dade en Florida. Era el 29 de enero de 1939 y arrastraban ya el dolor del exilio que marcaría sus vidas profundamente. En estos días se reparten en las calles tan españolas de la ciudad norteamericana ejemplares de Romances de Coral Gables (1948), el tributo que el poeta andaluz rindió al paisaje que le había traído algunas nostalgias de Moguer y el imprevisible retorno del mar, porque fue en este lugar donde se le apareció su «mar tercero».
En Alhambra Circle 160 tenía el matrimonio su casa. Llevaban una vida tranquila, paseaban cerca del mar y por las noches escuchaban en la radio a Toscanini. En el Diario de Zenobia se lee:«Las casas blancas, techos de teja y pinos le recuerdan a Moguer y su nostalgia fluye en verso».
Qué sensación tan extraña imaginar a Juan Ramón paseando por el callejero de Coral Gables. A comienzos de siglo, George Merrick, uno de los rancheros fundadores de la ciudad, cogió un diccionario y eligió los nombres de lugares españoles para el nomenclátor. Años más tarde, un poeta desterrado de sombra amarga y alargada recorrería la Avenida Giralda, donde quizás evocó sus años de poeta adolescente en Sevilla, o las calles Segovia, Valencia o Granada. ¿Con qué amargura diría su dirección, Alhambra Circle 160?
El malagueño José Moreno Villa, otro exiliado, escribiría en su Cornucopia de México lo insólito que era para un español observar los nombres de la geografía española en los mapas de estas tierras del exilio. «Salir de México, llegar a Valladolid y por la misma ruta, siguiendo adelante, llegar a Zamora y después a Guadalajara, resulta cosa mágica».
Estos nombres españoles que aún se leen en Coral Gables están marcados porque se convirtieron en trozos del alma del poeta, en versos de estos romances de Florida que ahora se publican en edición facsímil. Los libros y Juan Ramón tienen en el exilio una historia estremecedora. En Washington recibió de unos amigos libros rescatados del saqueo de su biblioteca en el Madrid de la Guerra Civil. Al abrir uno de ellos, encontró unos jazmines secos guardados por su madre. El viento del pasado entraba a través de las ventanas de la memoria que eran los libros. En otra ocasión, tuvo que firmar uno suyo publicado en España. Olía a humedad del trópico, «como las hojas rastreras de viña en el octubre de Andalucía». Y seguía:«Todos los libros, mis libros, tenían un siglo de existencia, eran de otra rara época, de estraña jente anterior».